De mi vida

Me gusta contar historias. Las mías, las de otros, con dibujos en una esquina de la hoja y los guisantes esperando en el congelador. Divertir, entretener, inventar cuentos y maneras nuevas de quererse, porque las mías se van quedando pequeñas en la encimera azul de la cocina.

Y es que sonreír no es gratis, aunque haya gente que se empeñe en comentarlo. Esos, que tienen todo tan al alcance de la mano que nunca se han tenido que estirar. Para algunos el día es un obstáculo tras otro, un no querer salir de la cama porque ya nos conocemos el final, que es el de siempre, ese de volver en el autobús a las tantas de la noche y sin nada en los bolsillos. Por eso, nosotros, los grandes estiradores de sonrisas, tenemos que esforzarnos más. Sonreír es cada día un autoconvencimiento de que todo irá bien, de que las cosas a fuerza del tiempo tienen que mejorar. Es un olvidarse de todo y centrarse en los pequeños placeres de la vida, como son comer nubes de algodón en mitad de una cárcel o llorar de la risa a golpe de latigazos.

Y es que sonreír no es gratis, pero estamos dispuestos a pagar el precio por ser felices. Quizás no tengamos muchas facilidades, una vida acomodada, una habitación blanca con muebles de IKEA ni unas fotos bonitas que poner en Instagram. Pero sabemos darle importancia a las cosas invisibles, color a los días grises del invierno y poderes a un simple trozo de cartón.

Algún día os contaré la historia de cómo le conocí. Me enamoré y desenamoré, y sin saber muy bien de que manera terminé donde estoy hoy, preparando otro pedazo de corazón transportado en una caja de los chinos. Que no sé cómo puedo tener tanto teniendo tan poco, ser la más afortunada con tanta desgracia al lado ni la manera de no mirarle embobada cuando aún sigue durmiendo.

Será que la vida es una sala de cine donde a oscuras tratas de encontrar tu sitio una y otra vez, y si tienes suerte algún día das con esa persona que te ayuda a darle otro sentido a tu película. Hoy mi vida, que es la suya, cumple un año más. Y es por eso que todas las cajas de cartón se quedan pequeñas, los regalos se hacen poco y unas cuantas palabras no dicen ni la mitad.

Porque, ¿qué le puedes dar a la persona que lo es todo para ti? Yo de momento, solo invento mil historias.

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